PARTÍCULA EDITORIAL

Existen autores que construyen obra. Los hay también que estructuran conceptos, que desarrollan tramas, que urden planes de acción novelesca. Más allá o más acá de estos, se encuentra Víktor Shklovski. Padre del formalismo ruso y creador de la OPOIAZ, su indagación hacia una clave que diera pulso al «extrañamiento» permea en todos sus escritos, desde La disimilitud de lo similar a Viaje sentimental, pasando por Zoo o cartas de no amor y otros insignes e inolvidables artefactos. Encuentros es un ejemplo singular de su factura, quizá nunca antes se vislumbró a un Shklovski tan alineado con la ideología vernácula a tal punto de afirmar que este «es un libro sobre encuentros, sobre la cultura soviética […] y la guerra. Es fragmentario». Pero esa fragmentariedad, además de obedecer a la restricción de la palabra, se teje con retazos de tiempo: «los ríos se tocan con las montañas asentando la base del futuro» y en esa gran división temporal «dan de beber a nubes iluminadas por un proyector». Con el oro del ritmo, las citas, recuerdos o diálogos con insólitos personajes, fluyen invisibles como el tigre que camina detrás de una persona y rinden homenaje a los que no están, así se trate de Pushkin o de su amigo Tiniánov. Del primero dijo que «creó a Rusia para comprenderse a sí mismo»; de Encuentros se podría decir exactamente lo mismo, pero añadiendo que sobre todo le permite, como al guerrero, «vivir un sueño permanente».


ENCUENTROS, Víktor Shklovski

Existen autores que construyen obra. Los hay también que estructuran conceptos, que desarrollan tramas, que urden planes de acción novelesca. Más allá o más acá de estos, se encuentra Víktor Shklovski. Padre del formalismo ruso y creador de la OPOIAZ, su indagación hacia una clave que diera pulso al «extrañamiento» permea en todos sus escritos, desde La disimilitud de lo similar a Viaje sentimental, pasando por Zoo o cartas de no amor y otros insignes e inolvidables artefactos. Encuentros es un ejemplo singular de su factura, quizá nunca antes se vislumbró a un Shklovski tan alineado con la ideología vernácula a tal punto de afirmar que este «es un libro sobre encuentros, sobre la cultura soviética […] y la guerra. Es fragmentario». Pero esa fragmentariedad, además de obedecer a la restricción de la palabra, se teje con retazos de tiempo: «los ríos se tocan con las montañas asentando la base del futuro» y en esa gran división temporal «dan de beber a nubes iluminadas por un proyector». Con el oro del ritmo, las citas, recuerdos o diálogos con insólitos personajes, fluyen invisibles como el tigre que camina detrás de una persona y rinden homenaje a los que no están, así se trate de Pushkin o de su amigo Tiniánov. Del primero dijo que «creó a Rusia para comprenderse a sí mismo»; de Encuentros se podría decir exactamente lo mismo, pero añadiendo que sobre todo le permite, como al guerrero, «vivir un sueño permanente».


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